Nadie va a decir sobre mi lápida: “Era un pan de Dios”; y me alegro de eso. No se trata de mi ofi cio, si nunca me hubiese dedicado a esto y hubiera seguido trabajando legalmente, tampoco. Sólo no está en mis genes la bondad, tampoco la maldad. Aunque vista desde afuera, la falta de bondad sea catalogada de maldad, no es así, pero no importa. Soy un tipo racional, siempre lo he sido y creo que lo seguiré siendo. No tengo excusas para mi comportamiento, tampoco las necesito, yo decidí que mi vida fuera como es. Desde chico una cosa llevó a la otra y, si bien la felicidad me sigue siendo esquiva, no me quejo. Estos últimos años fueron los más difíciles de mi vida, y a la vez los más maravillosos e intensos. Me pasaron muchas cosas que no he relatado por aburridas, pero todas me sirvieron para algo, a pesar de no haberles dado la oportunidad de una meditación escrupulosa. Jiménez piensa que yo soy un gran pensador, un tipo que calcula cada uno de sus pasos, un calculador especializado en pros y contras. Nada menos cierto, a pesar de todo lo que he vivido y de mis responsabilidades, sigo aceptando las cosas tal son y actuando en función de la realidad. Quizás sí, tenga una capacidad de decisión especial, y por ella estoy acá. Considero que cada decisión tomada tiene siempre una opción peor y una mejor, lo que me lleva a concluir en que las fl echas de cada encrucijada son tres, o cinco si hilamos fi no con los “masomenos”. Lo que hay que saber, es lidiar con cada una de ellas y hacerse cargo. Hay días en los que miro la vida en paralelo, me veo a mí actuando, camino a mi lado. Es raro, pero ayuda. Antes me había pasado, pero necesitaba la marihuana para ello y lo que lograba era tener dividido el cerebro en dos niveles. Ahora me pasa sin porro, y está bueno porque no me involucro demasiado en cosas que podrían afectarme. Ya he contado que me gusta el poder, siempre lo he buscado, y he conseguido bastante. Pero también he dicho que la sensación más gratifi cante del poder, mucho más que ejercerlo, es que, absolutamente nadie, tenga poder sobre mí. Eso, indefectiblemente, lleva a la soledad. Y la soledad, en ciertas ocasiones a la tristeza. Y la tristeza, a veces al enojo. Y el enojo, a los errores. Y a los errores, hay que solucionarlos. Y en las soluciones, casi siempre hay un nuevo impulso anímico para seguir adelante. Después de la charla con Jiménez, descubrí que Martínez había sido un error. No caben dudas de que la inyección monetaria que nos dio fue de gran ayuda para proyectos futuros, pero, el muy desgraciado, consideraba que podía contar conmigo para sus proyectos. Hasta el momento se trataba de negocios y estaba bien, pero de ahí a ayudarlo en un proyecto político a largo plazo, me convertía en cómplice y le daba cierto poder sobre mí. Por primera vez en cuatro años, tuve ganas de retirarme del negocio e irme a una isla a disfrutar mi soledad en un ámbito real. Sabía que no era el momento, aunque parecía ser la única salida para demostrar que nadie podía manejarme. Dejar el negocio traería aparejado el caos, Julián no estaba preparado para la responsabilidad y en pocos meses, la estructura se derrumbaría. Ni siquiera Jiménez entendía lo esencial. A ojos vista estaba que mi organización había derrotado a la delincuencia. Casi no había robos en nuestras zonas, los chorros de a pié de años atrás, se ocupaban casi de forma exclusiva de impedir que personas ajenas a la “empresa” molestaran a nuestros clientes. Los negocios gastaban menos en nosotros que en seguros contra robos. Los particulares no dudaban en pegar en sus puertas una calcomanía que vendíamos a cien pesos, o cincuenta, o treinta según el barrio. Cambiaba cada mes y nadie dudaba en pagar la cuota. Era mejor que cualquier alarma o guardia de seguridad. Ofrecíamos también, a diez pesos cada uno, un prendedor de lata que los mantenía a salvo de robos en la vía pública. Incluso podían mandarnos un mensaje de texto si surgía algún problema. Siempre descubríamos muchachos queriendo hacerse el día con nuestros clientes, la orden era una sola, reventarlos a patadas y tirarlos en la puerta de la comisaría. No para que los metieran presos, sino para qué en la comisaría conocieran sus caras amoratadas. Terminamos de un plumazo con los cuidacoches, sólo porque yo los detestaba. A la mayoría de ellos los pusimos a vender calcomanías y prendedores y les iba mejor que antes. Los que no aceptaron, o siguieron en el rubro, terminaron en el hospital o en alguna zanja. Cuando los muchachos se ponían nerviosos por la falta de acción, hacíamos visitas a nuevas zonas y despuntaban el vicio de “empujar panchos”. Pero cada vez exigían menos esas salidas. Así y todo, estábamos fuera de la ley, y no faltaban detractores de nuestro trabajo. La concejala nos tiraba dardos envenenados en los medios locales, ¡justamente ella! que luchaba contra la inseguridad. El problema era que “no era un logro político” La zona era segura y nadie podía llevarse los laureles. Ni siquiera yo, salvo que quisiera terminar en la cárcel. Por eso estaba tan enojado, la seguridad no convenía a los políticos, o les convenía a medias. ¿Con qué derecho el intendente me había pedido que incrementara los robos en el partido vecino? Yo no quería robos, quería que todos vivieran tranquilos y me pagaran por ello. Pero ya nadie me dejaría trabajar tranquilo, las ansias de poder de un tipo estaban por arruinar todo mi trabajo y no encontraba la forma de evitarlo
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XXI
Me tomé unos días de descanso a pesar de que Jiménez necesitaba una respuesta para el intendente. Se me cruzó por la cabeza “bajar” al tipo, pero eso me pondría en el foco de atención y, por otro lado, vendría otro y otro y otro. Todos con la misma idea de que sólo los políticos “deben” solucionar los problemas de la gente. Dejé a Julián al mando y me fui a esquiar al sur, al mejor hotel. Quería no pensar en el tema y relajarme, pero iba a ser complicado. A pesar de mi amargura, puse una sonrisa perenne en mi cara. El ambiente era entretenido, incluso me encontré con algunos conocidos que se empeñaban en paliar mi soledad. Casi lo logran durante las noches de copas, baile y alguna chica bonita bajo mis sábanas, pero la solución no me iluminaba. Volví como me fui, aunque tostado por el sol sobre la nieve. Jiménez me había llamado a diario y hasta visitó a Julián en busca de respuestas. El intendente y Martínez estaban ansiosos por conocer mi decisión. –No tengo respuesta para darte, no voy a cambiar nada por el momento. –Pero, Joaquín, no seamos tontos, te conviene tener al tipo de tu lado. –¿Sabés lo que pasaría si desarmo la empresa? Imaginate, hasta vos te quedás sin laburo porque de un día para otro se va a llenar la ciudad de chorros. –Tené en cuenta en que el gobierno hace la “vista gorda” con las calcomanías y los prendedores, lógicamente pretenden algo a cambio. –¿Te parece poco la seguridad? –Eso está bien, pero te van a bajar. –Y a vos también. A ver si pensás un poco en vos y en tu carrera en lugar de ser un “mandadero” –Escuchame, son mis jefes y debo responder, ¿Qué querés que haga? –Yo pensé que con tus ascensos te ibas a avivar un poco. No sólo no entendiste la función que cumplimos, sino que no tenés una base sólida que te sostenga si yo me voy. –¿Dónde te vas a ir? –A ningún lado, es una forma de decir. Sabés, Jiménez, tengo la cabeza que me explota, decile al “forro” del intendente que la seguridad va a seguir, pero también en los partidos vecinos y en todos los que controlamos; si no le gusta, que hable conmigo y lo solucionamos como hombres. Espero que el tipo tenga cabeza. –Yo le digo. Te noto enojado conmigo, no te calentés, Joaquín, las cosas van a ser como antes. –Nunca las cosas son como antes, si fuera así no estaría acá, yo quiero que siempre las cosas sean distintas. Ah, si querés, decile a Martínez, que yo no recibo órdenes. –Ya sabe, no te preocupes. A los dos días me llamó Martínez y me citó en la bailanta. No acepté y lo obligué a venir a reunirse a la Villa, y solo. Lo recibí en la ofi cina y lo invité a sentarse. Estaba incómodo, era un hombre acostumbrado al poder y no soportaba perder la posición dominante. En ese momento yo la tenía. –Tranquilo, Martínez, no te va a pasar nada, estás en el lugar más seguro de la ciudad. –Tenés todo muy bonito, no me imaginaba que tu sede fuera así. –Soy un tipo ordenado. Bueno, te escucho. –No quiero repetir las palabras del intendente, pero necesitamos que haya robos en los partidos vecinos. –Mandá a tu gente. –¿Para qué? los tuyos los van reventar. –Si son más vivos, capaz que zafan. –Es una posibilidad, pero muy riesgosa para mí gusto. Supongo que tendrás alguna propuesta en la cabeza. –Si tuviera alguna te habría llamado, y fuiste vos el que llamó. –Tengo quinientas lucas. –Yo también. –Quinientos mil para movilizar un poco nomás los afanos en los partidos vecinos. –¿Me estás tomando el pelo? –Me parece justo. –Si necesitara plata te habrías enterado. La verdad es que supuse que al menos vos entenderías mis objetivos. –En un momento llegué a pensar que lo tuyo era una cruzada por el bienestar general, pero no creo que sea eso. –Vendo un servicio barato y efi caz. ¿Qué más querés? –Que te “bajes del caballo” Estás donde estás porque nos convenía y nos hicimos los ciegos, pero te podemos bajar de un plumazo. –Si te parece tan fácil, hacelo, pero te vas a tener que poner de acuerdo con siete intendentes que quizás no quieran al tuyo de gobernador. –Por suerte no entendés mucho de política. No tengo idea de porqué me caes bien, incluso cuando sos un problema. –Vos me seguís cayendo mal desde siempre. Pero, como ya aclaramos, son negocios. –¿Qué querés? Algo debés querer. –Estoy bien, gracias, Martínez. Quiero que te quede claro que no hay vuelta atrás, no insistas con afanar en los otros partidos, porque no va a pasar. –Estás en problemas, Joaquín. –Hace más de cinco años que elegí estar en problemas, no te preocupes por mí. Desde ya que no quiero una guerra, supongo que van a entender que la seguridad es un bien que no merece desperdiciarse. –¡Te volviste loco! Me voy triste, Joaquín, pensé que íbamos a arreglar las cosas. –El desarreglo es de tu parte, yo no tengo nada que ver. Cuando se fue Martínez y quedé solo, sentí que la cosa se iba a poner fea. Si no pensaba rápido iba a correr muchos riesgos, y estaba cansado.
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XXII
–La mano viene pesada, muchachos. No es culpa nuestra, pero los políticos quieren bajarnos. Las caras de mis muchachos no expresaban preocupación, entonces me preocupé. Había algo en cada uno de ellos que denotaba soberbia e impunidad, creían estar a salvo de todo, pero no era así. –Muchachos, los veo muy calmados y me preocupa. Anden con mucho cuidado y guarden en lugares seguros toda la plata que tengan. Les diría que compren dólares o euros y los escondan bien. Si esto explota va a ser jodido. No dejen el caño ni para coger, ténganlo bien cargado y estén atentos. –¿Qué problema va a haber, Joaquín? ¿Martínez? No te preocupes, el quía sabe que no le conviene meterse con nosotros. –El quía, como vos decís, Pepo, hace treinta años que maneja las cosas, así que no es para confi arse. –Pero si todo marcha bien, jefe, y siempre estamos atentos. –Los quiero más atentos, quiero que controlen mucho a sus muchachos, no puede haber errores. Ese sábado la reunión fue muy larga, terminamos a las diez de la noche medio borrachos. Al salir de la villa, me sentí solo. No tenía a quien pedir consejo ni ayuda. Una cosa llevó siempre a la otra, en este caso, las “otras” posibles no eran agradables. Traté de dormir pero no pude, tampoco podía pensar. Miré tele un rato pero no podía prestar atención, mi ansiedad estaba en el límite. Llamé a Jiménez. –Perdoná la hora, subco, quería avisarte que cualquier cosa que hagas, va a ser un error. –¿De qué hablás, Joaquín? Pensaba dormir y eso no es un error. –¡No me canchereés!, vos y yo sabemos que la mano viene pesada, estoy esperando el primer aviso de Martínez, en cuanto se haga el “pistola” me voy a enojar. –No sé qué pensás que soy, pero no tengo idea de qué me hablás. –Yo te quería avisar nomás, si esto se pone denso, no vas a quedar inmune. –¿Te parece, amenazarme a esta hora? Mirá, Joaquín, si me entero de algo vas a ser el primero en saberlo. ¿Te quedás tranquilo? –No, pero espero que sea así. Corté sin saludar, eran las tres de la mañana. Salí a dar una vuelta en el auto, la ciudad estaba silenciosa, miraba las puertas con los stickers y pensaba que quizás ni estuvieran cerradas con llave. Di una vuelta a la plaza, algunos muchachos y chicas tomaban cervezas cerca del Bingo, siempre abierto y generando más plata que cualquier otro negocio. ¿Sería de Martínez? Todos aseguraban que no, pero yo tenía mis dudas. Estacioné en la parada de taxis y entré atravesando las dos puertas de vidrio. El lugar era horrible y surcado de máquinas tragamonedas con señoras desveladas que apretaban botones en busca de calmar ansiedades. Varias chicas con polleras cortas y blazer bordó recorrían el lugar abasteciendo de monedas y bebidas. Pasé al salón de juego donde los señores, vergonzosos de que los vieran con las maquinitas tragamonedas, apostaban a caballos de juguete o ruletas virtuales. Subí la escalera y me adentré en el mundo de humo del bingo propiamente dicho. Más de cien personas escuchaban atentas al locutor que cantaba los números que quizás salvarían su semana, su mes o su año de infortunios fi nancieros. Salí rápido de allí y subí a mi auto. Volví a casa y me dormí. A las ocho de la mañana sonó el timbre, del otro lado de la puerta me esperaba Julián con los ojos desorbitados. –¡Lo hicieron cagar a Pepo, anoche, en el boliche! –¿Quién? –Un chabón del barrio, lo tengo encerrado, pero no me dice quién lo mandó. –Ya sabemos quién. Esperá, me visto y vamos. Entramos a la villa a las nueve, muchos iban camino al culto evangélico, pero estaba bastante silenciosa. Roque y Juaco rodeaban al agresor que ya tenía la cara destruida. Pichu estaba en la morgue tratando de sacar el cuerpo de Pepo. –¿Dijo algo? –Nada, Joaquín, ¡y mirá que le pegamos! –Es simple, si habla lo matan y si no habla, lo matamos. ¿Ustedes qué harían? –Yo le metería un tiro ahora– Dijo Roque con lágrimas en los ojos– ¡Este hijo de puta lo mató a Pepo, mi amigo, entendés Joaquín! –Entiendo, no te preocupes, dentro de un rato te lo entrego para que hagas lo que quieras. Arrimé una silla y me senté en frente del asesino. Lo miré fi jo durante diez minutos. –¿Sabés que sos boleta? –Más vale, no soy bobo. –Si me contás cuánto te pagaron, tal vez zafes. –Cinco lucas, en efectivo. –Vamos bien, ¿Quién? –No sé, loco, vino un tipo que no conocía y me dio el sobre y el chumbo. –¿No pensabas que matar a uno de mis socios era muy peligroso? –No sabía que era Pepo, pensé que era cualquiera que se había mandado un moco. –¡Ahí la cagaste!, venías bien, pero la cagaste porque yo sé que sabías. ¿Vos no laburabas con Martín? –Sí, pero me echó hace unos días. –¿Por qué te animaste? –Por lo que se dice, que todos ustedes van a ser boleta, dentro de poco. –¿Quién dice eso? –En todos lados, en la calle. –¿Y vos qué crees? –Yo no sé, pero si se va a cortar el chorro, hay que buscar por otro lado. –En eso tenés razón, hay que buscar por otro lado. Es una lástima que me dijeras tan poco, ahora te vas a tener que arreglar con Roque. Lo dejamos sólo con Roque, a los tres minutos se escuchó un disparo, después otro y otro. No quisimos entrar y nos metimos en el bar a tomar unas cervezas. Cholito trataba de alegrarnos la mañana con chistes malos, pero sólo consiguió que lo mandáramos a la mierda varias veces. –¿En qué anda Martín, Julián? –Hace unos días que no lo veo, el jueves trajo la plata y se fue, viste que está medio ofendido desde que no lo invitamos más a las reuniones de los sábados. –Quiero que lo sigan sin que se de cuenta. Yo ahora me voy al centro, avisame en cuanto tengan el cuerpo de Pepo. Y cuídense, ya vieron que ayer no hablé al pedo.
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Epílogo
Supongo que me sentía muy solo, por eso marqué el teléfono de mi ex–mujer después de más de dos años. Le dije que estaba cansado y que no veía la salida, me invitó a almorzar. Conversamos todo el día, había mucho para contar, estaba linda, y contenta de verme. Me gustó su departamento “feng shui”, con sus plantas y fuentes de agua, me sentí cómodo y tranquilo. Por varias horas no pensé en el trabajo, afuera todo estaba absolutamente mal, pero dentro de esas paredes reinaba una paz que no tenía ganas de abandonar. Y no lo hice. Las horas pasaron y llegó la noche, fuimos al cine y a comer, volvimos y seguimos conversando hasta que las palabras dieron lugar a los besos y los besos nos llevaron a la cama. El lunes me desperté cerca del mediodía y solo; encendí mi celular. A las diez habían entregado el cuerpo de Pepo, estaba en la funeraria y el velatorio sería a las seis. No tenía ganas de salir del departamento, pero salí y volví a la villa, a mi ofi cina, junto a mis muchachos. Julián quería actuar rápido, darle un golpe a Martínez en algún lado, en realidad quería matarlo, cosa que no iba a ser fácil teniendo en cuenta que el tipo debía estar protegido por todos los costados. Jiménez no me contestaba las llamadas y decidí borrarlo de mis amistades. No podía pensar, estaba totalmente bloqueado. Le pedí a Julián que planeara el contraataque, mas sus ideas no eran potables. De pronto me acordé del Bingo y le comenté a Julián la idea de asaltarlo. Primero se rió, pero después se entusiasmó, considerando que nunca le vendimos el sticker de seguridad. En un rato armamos la movida: Después del funeral de Pepo cruzaríamos la plaza y robaríamos lo que pudiéramos, la plata no importaba mucho, el tema era dejar algunos ojos morados, sembrar pánico entre los clientes y romper varias maquinitas. A las diez de la noche de ese lunes salimos del velorio, yo iba adelante, detrás Julián, Juaco, Pichu y Roque. Afuera del bingo nos esperarían tres autos en marcha. Fue muy rápido, entramos encapuchados y tirando tiros al techo. Saqueamos las cajas de abajo y a los empleados de arriba. Rompimos a balazos el panel de los números del Bingo, diez máquinas tragamonedas, todas las máquinas de ruletas electrónica y las cámaras de seguridad. Por las dudas, cagamos a trompadas a cinco empleados, dos que parecían gerentes y a un cliente que quiso hacerse el héroe. Tres minutos después estábamos camino a la Villa. El botín no fue gran cosa, pero tampoco despreciable. Jiménez me llamaba sin pausa y yo cortaba. Al fi nal accedí. –¡Vos, Jiménez, sos un sorete de mierda, traidor de cuarta, hijo de una gran puta, cagador! –¡Pará, Joaquín!, ¿De qué me hablás? –Me dijiste que me ibas a avisar. Y dejaste que lo mataran a Pepo. –Yo no sabía nada, te juro, ¿Te pensás que me consultan las movidas? Te llamo por lo del Bingo. –¿Qué pasó en el Bingo? –Tu gente lo afanó, están los canales de Televisión, la Federal, el Intendente, todo el mundo. Les diste lo que necesitaban. Te van a caer con artillería pesada. –Mi gente no afana. –Te aviso que en cualquier momento me mandan a buscarte. –¿Tiemblo ahora, o después?– y corté. Dividimos la plata en partes iguales y cada uno se fue a su casa. Nadie vino a buscarnos. Al día siguiente temprano fue el entierro, no éramos muchos. Todo estaba extrañamente tranquilo. Agarré toda mi plata y crucé a Uruguay en avioneta. Alquilé un auto y llegué a Montevideo, donde guardé todo en tres cajas de seguridad. Volví como había ido. Llamé a Julián y a los muchachos, la reunión iba a ser en casa. –Muchachos, esto está tranquilo, pero va a explotar en breve. Pongan la plata en lugares seguros y les recomendaría que se vayan lo más lejos posible por unos días. –¿Y vos, Joaquín? –Yo también me voy, no se todavía adonde, pero voy a desaparecer. No es por cagazo, es que estoy cansado. –¿Y el negocio? –Hay dos opciones: dejarlo como está y que se desarme poco a poco; o que alguno de ustedes se haga cargo hasta que yo vuelva. –Ni ahí, Joaquín, si vos te vas esto se va a la mierda. ¿Cuándo volvés? –En un tiempo, supongo, tengo algunos planes en la cabeza, pero hay que entender los mensajes. Que no nos hayan devuelto el golpe del bingo, es que les conviene que no se sepa nada. Pero el golpe va a llegar, si no nos vamos por las buenas va a ser peor. –¿Y los muchachos? Van a quedar en la lona. –De allí vienen. Igual no se preocupen tanto. Les repito, si se animan a seguir un tiempo sin mí, me parecería muy bueno, pero no puedo exigirles nada. Incluso es mi deber decirles que les conviene volar lo más lejos posible. Le di la mano a uno por uno, estaban desconcertados y no tuvieron poder de reacción. Fue una buena despedida. Me fui al centro y pasé la noche con mi ex. Al poco tiempo me instalé con ella, yo salía poco y me pasaba el día escribiendo. Un mes después me llamó Julián desde Mendoza, estaba por abrir un restaurante; no pensaba volver ni sabía nada de los otros. Estaba esperando su segundo hijo con la China. Jiménez nunca llamó, Martínez tampoco. Creo que se quedaron esperando algo de mí que yo no quise darles. A tres meses de mi renuncia, a mi mujer le surgió un trabajo en Nueva York y no dudó en aceptarlo. Me vine con ella, hace dos años ya, quizás un poco más. Yo escribo, mucho, sin parar, he publicado algunas cosas, pero me da un poco de vergüenza. No pensaba escribir esta historia, no me importaba, ni siquiera leo las noticias de mi país. Hace unos días me llegó un email de Pichu, me contó que el intendente va a ser gobernador y que no se puede salir a la calle sin que te afanen. A Jiménez lo “bajaron” de manera extraña, dice Pichu que no quiso declarar en mi contra; si fue así, me alegro. No nombró a los otros muchachos y eso signifi ca que siguen vivos. Yo combatí la delincuencia sin apoyo político, ni espiritual, ni afectivo, ni con la intención de hacerlo. Ni siquiera con demasiada inteligencia, sólo con sentido común y mucha energía. Pero, una cosa lleva a la otra, y quizás mi función en este mundo no sea social. En este momento creo que es escribir y ocuparme de mi hija. Ya veré más adelante, A veces, siento que necesito un poco de acción. Cruz J. Saubidet® Nueva York, marzo 20 de 2008.
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Cruz J. Saubidet
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mayo 05, 2010
UNA COSA LLEVA A LA OTRA en los medios!

Nota publicada en Daily News el 29 de abril
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9:55 a. m.

