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septiembre 11, 2009

PORTADA Y CONTRAPORTADA



Primera parte del texto

Segunda parte del texto

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PROLOGO

Hice un boceto de este relato hace siete años y lo olvidé como a tantos otros.
A principios del año 2008, rescaté del fondo de un bolso un pequeño cuaderno verde titulado “reflexiones y más de un solitario que quiere dejar de serlo” y entre sus páginas estaba esta historia, resumida en dos carillas escritas con letra casi ilegible con una birome negra “Bic”, trazo grueso.
En ese momento estaba terminando una novela sobre política que requería mucha investigación, y se me estaba quemando la cabeza. Por eso, decidí escribir “Una cosa…” a manera de ejercicio de relajación. Cada vez que mis neuronas entraban en ebullición, escribía un capítulo, corto, conciso, libre de ataduras estructurales e idiomáticas. Luego decidí compartirlo con algunos amigos subiendo a un blog uno cada semana, y los comentarios y respuestas fueron auspiciosos.
A fines de marzo de 2008 publiqué el último capítulo y una semana después lo bajé de la Web.
Pronto cambié Nueva York por Connecticut y, superado tiempo de adaptación al silencio, decidí publicar alguno de mis escritos de los últimos cinco años. Por muchas razones opté por “Una cosa lleva a la otra”, más que nada porque es corta, simple y sin grandes ambiciones poéticas ni morales.
Creo que todas las personas tienen cosas interesantes y que para ello no son necesarios demasiados condimentos, basta un pequeño toque de libertad para cambiar. Una cosa lleva siempre a la otra, las posibilidades son infinitas, solamente debemos hacernos cargo de las decisiones que tomemos. La vida se encarga del resto.

Cruz J. Saubidet
Avon, Connecticut 18 de mayo de 2009

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noviembre 28, 2007

Cap 1



A veces pienso que he llegado tarde a este mundo que me ha tocado, si yo hubiera nacido hace miles de años habría disfrutado mi anarquía. Porque yo soy anárquico. Aunque comprendo con claridad los controles gubernamentales y a la policía como males necesarios, nunca voy a terminar de aceptar que instituciones poderosas mantenidas con los impuestos limiten mi deambular por el mundo. Sé con claridad que los controles y las leyes son imprescindibles, pero no por ello dejan de incomodarme.
Hace seis o siete años, invadió a mi patria una epidemia de ladrones. Siempre hubo ladrones y mi país ostenta, casi con orgullo, un lugar de privilegio en esos aspectos. Pero la dolencia de esos tiempos fue significativa, porque si en la década del noventa muchos de los que se quedaban sin trabajo ponían un kiosco, en el siglo XXI las opciones se acotaron a “cartoneros” y “chorros”
De los primeros se han realizado miles de estudios, escrito ensayos diversos y como si fuera poco, cualquier periodista con ansias de “progre” realizaba un programa acerca de ellos viajando en los trenes que cada tarde los llevaban del conurbano hacia La Capital en busca de lo que “tiran los que aún tienen algo que tirar”. Por eso no hablaré de ese grupo y sí del segundo.
Los noventas habían dejado un maravilloso nicho económico y en él proliferaron de forma exagerada los ladrones de kioscos, obligando a muchos a cerrar sus ventanas o invertir en gruesas rejas de hierro que significaban, muchas veces, medio año de ventas.
Conllevando a su vez al veloz enriquecimiento de los herreros que de un día para otro escalaron social y económicamente para transformarse en concejales, intendentes y hasta pastores evangélicos.
Con la fortificación de los kioscos y puertas y ventanas de todas las casas del país, muchos ladrones vieron limitadas sus andanzas, y tuvieron que dedicarse al ciudadano de a pié o a las entradas de garajes. Pero, estas últimas se llenaron de armas, alarmas y gente previsora; por lo que sólo se atrevían con ellas los ladrones de oficio y preparados, o los drogados, que en muchos casos morían ante las férreas defensas de los moradores.
Entonces nació el “chorro de a pié”, a veces en bicicleta, vestido con equipo de gimnasia “Adidas imitación”, un rosario colgado al cuello y gorra con visera.
Eran (y son) miles, deambulan buscando miradas esquivas y atemorizadas para luego ponerse a caminar a la par de la víctima e increparla con palabras agresivas y promesas de armas escondidas bajo la ropa. El botín suele ser escaso, pero multiplicado por diez o veinte “panchos” por día, logra equiparar y hasta superar muchas veces el sueldo mínimo vital y móvil.
Siempre fui un hombre tranquilo, pero no puedo superar la impotencia. Eso sentí las dos veces que fui abordado por esos muchachos trabajadores. Nunca me sacaron mucho y sólo una de las veces vi el arma (quizás inservible), pero el odio que me generaron fue muy fuerte y difícil de superar.
En mi barrio había muchos, así que luego del segundo encuentro decidí probar alternativas. Durante un tiempo cargué un cuchillo en la cintura las cuadras que me separaban de la estación de trenes. Era un pequeño “Toledano” con cabo muy parecido al de un revolver, de esa manera, cuando constataba que se me acercaba un posible “caco”, me ponía serio, sacaba pecho, lo miraba fijo y dejaba asomar el cabo del cuchillo. Todos pasaron de largo y con el tiempo bastó con la actitud, ya ni mostraba el arma. Así y todo, vivir de esa manera no era lo más agradable, y la sangre en mi ojo derecho seguía viva. Quería ir más lejos aún, necesitaba ser asaltado de nuevo para reaccionar de otra manera, pero era peligroso, porque nunca se sabe con quién uno se enfrentará.
Una mañana, que me levanté de muy mal humor por el día anterior y por el que me esperaba en el trabajo, salí de casa con la cabeza nublada y puteando por lo bajo. Al pasar por la verdulería y saludar al empleado observé que, a treinta metros, uno de “esos” muchachos venía hacia mí. Me detuve y giré sobre mis pasos, el empleado de lechugas y tomates me miró extrañado. Viré hacia la izquierda, seguro ya de que me seguía. A los pocos metros me introduje en la entrada de una casa. Apenas pasó cerca de mí, me lancé hacia él con un rodillazo en la espalda que lo dejó duro tirado en la vereda. Después lo pateé, especialmente en la cara, salté sobre su espalda. El verdulero miraba desde la esquina sin moverse.
No quise mirar la cara del muchacho, él era todos los ladrones de mi barrio y mi furia debía descargarse. Casi no se movía y respiraba agitado, tanteé su cintura y encontré un revólver que metí en el portafolio.
Lo cierto es yo que estaba en problemas, si bien había dejado fuera de combate al ladrón, estaba seguro de futuras reprimendas. No iba a matarlo porque no está en mis genes ser asesino, ni iba a entregarlo a la policía porque saldría al día siguiente. Podía dispararle en las piernas y dejarlo paralítico, pero no llegaba tan lejos mi decisión. Esos treinta segundos, arrodillado sobre una espalda desconocida, fueron quizás los más largos de mi vida y la decisión, quizás la más importante.

Se me ocurrió y lo dije:
–Escuchame, pendejo de mierda, en esta zona, nadie roba a nadie en la calle sin darme la mitad de lo que consigue. Avisale a cada uno de tus colegas que van a quedar como vos ¿Escuchaste bien?– Por las dudas tiré de sus pelos para levantarle la cabeza y darle unas cachetadas.
–Sí, sí, perdoname, loco, no sabía que eras vos.
–Ahora sabés, éste es mi celular, me llamás hoy a las cinco para seguir hablando, si no me llamás, te busco y te mato. ¿Tenés alguna duda?
–No, viejita, todo bien, “somo amigo”, yo soy el Julián.
–Ya sé quien sos, y no somos amigos, yo mando y vos haces caso– Y tiré su cabeza contra las baldosas. –Ahora te vas a parar y salir corriendo de acá, no quiero que te metan en cana, si te portás bien, vas a llegar lejos conmigo.
Julián se alejó corriendo y noté que un grupo vecinos se me acercaban. El verdulero venía con ellos. Yo ni siquiera me había despeinado. Seguí mi camino en medio de las palabras de aliento de los vecinos, ese momento los detesté por cobardes. Mientras cruzaba la plaza vi a Julián recostado en un banco y a dos muchachos que lo rodeaban.
Me paré delante de ellos y me miraron extrañados.
– ¡Sentate, Julián y ustedes dos también! ¿Me conocen?
–Sí, viejita, Julián nos contó.
– ¡Viejita, las pelotas! Soy Joaquín Sobiles y no valen los sobrenombres– Amagué una cachetada y el de la derecha se atajó asustado.
–Está bien, loco, no te calentés.
–Por ahora sólo voy a hablar con Julián, él les va a avisar lo que digo. ¿A qué hora me vas a llamar?
–A las cinco, ¿me tirás unas monedas para llamarte?
–Tomá, si esto funciona vas a tener tu celular. A las cinco.
Y me fui, con la mente en blanco y un temblor sofrenado en mis piernas.

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noviembre 27, 2007

Cap 2



La media hora de tren hasta el trabajo fue una revolución de pensamientos. No estaba nervioso a pesar de que debía estarlo, mi cabeza se había lanzado hacia lugares muy diferentes a los que hubiera ido en otro momento y las soluciones que rondaban mis pensamientos descartaban la huída como posible solución. ¿Adonde iba a ir?
Mi vida no era ningún lujo, alquilaba un departamento en el gran Buenos Aires que compartía con mi mujer; mi trabajo era interesante pero mal pago y mi jefe decididamente estaba loco y me estaba enloqueciendo. Algunos jefes tienen esa costumbre, al compartir con ellos tantas horas, se convencen de que son importantes en tu vida y, lo más difícil de manejar, es que suponen que es recíproco, siendo que uno solo aprecia de ellos los pocos o muchos pesos que se desprenden de su mano a fin (o principio) de cada mes. Pero ese juego me afectaba de alguna manera y, en ocasiones, llegaba a pensar que debía fidelidad a ese “hijo de una gran puta” que, no solo me explotaba, sino que me quería hacer creer que trabajar con él era lo mejor que podía pasarme.
Esa mañana llegué media hora tarde, lo hice a propósito, y tampoco llamé para avisar que estaba en camino como solía hacer cuando me retrasaba. Porque llegar tarde era terrible para mi jefe, mas no lo era quedarse después del horario preestablecido.
Traspasé sonriente las puertas de vidrio y una de las recepcionistas con los ojos salidos de sus órbitas me recibió sin saludarme siquiera.
-¡Llamalo ya a Roberto! Preguntó por vos como seis veces en media hora.

-Buen día Romina, se supone que yo debería estar nervioso, no vos.
-¡Pero está insoportable!
-Siempre es así, no te preocupes por mí, yo me cuido solo.
Caminé hacia el baño y me tomé mi tiempo, después pasé por la cocina y aproveché para conversar un poco con un compañero y tomarme unos mates. Romina ya había avisado al jefe sobre mi llegada y este, me llamaba con insistencia a la cocina. A la tercera llamada levanté el tubo y dije “ya voy” antes de cortar. Me lo imaginaba al petiso con su traje color ladrillo, su camisa siempre arrugada y alguna de sus corbatas horribles. Me tomé un mate más y subí la escalera envuelto en una paz desconocida. Hoy va a ser al revés, pensaba, yo estoy en falta pero él, será el culpable. Antes de tocar su puerta, fui a mi oficina a dejar el portafolios, en ese momento recordé el revolver que contenía. A paso tranquilo llegué a su puerta. Toqué.
-¡Vos te pensás que esto es joda! ¡Que yo no tengo “lo que hacer” que tengo que depender de tu hora de llegada! ¡Me hiciste perder media mañana!
-Tranquilo, Roberto, te va a hacer mal ponerte tan nervioso, ¿Te acordás cuantas horas después me fui ayer?
-¡Pero si yo no te autorizo no podés llegar a la hora que quieras!
-¿Querés que me vaya, espere que te calmes, y vuelva? Yo también tengo bastante que hacer, y perder tiempo, en mi caso, nos perjudica a ambos.
-Yo decido que hacer y que perjudica a quien, yo manejo mi vida y esta empresa, quedate acá y explicame por que llegaste tarde.
-La verdad, Roberto, hoy he decidido no explicarte absolutamente nada de mi vida puertas afuera de esta empresa, así que te vas a quedar con las ganas.
-¡Te voy a descontar del sueldo la hora de hoy!
-Encantado, pero sumale más o menos quince “extras” por mes.
-Vos sabés que eso te lo reconozco de muchas otras maneras.
-A partir de hoy, el único reconocimiento que voy a aceptar es “cash”, no me interesa ningún otro.
-¡Te volviste loco! ¡Así no podemos trabajar!
-Si me estás despidiendo empezá a hacer las cuentas, si no, mantenete en silencio y dejame trabajar, ¿o no sabés que mañana vienen doscientas personas a cobrar por su trabajo?
-¡A mí vos no me callás! ¡Te quedás acá hasta que aclaremos este problema!
-Yo no tengo ningún problema, ni quiero aclarar nada, te aviso que a las cinco me voy, y si no terminé, mañana no cobra nadie.
-¡Yo no puedo trabajar así!
-Yo tampoco, para eso tengo mi oficina, mi computadora y mi teléfono. Eso sí, decidí rápido, porque si me vas a echar, me voy ahora.
-¡Te volviste totalmente loco!- Los ojos de mi jefe estaban rojos de furia, pero no podía siquiera moverse del sillón. Dentro de su pequeñez física se sentía poderoso conmigo, yo dependía del sueldo que él me pagaba y hacía siete años que era su mano derecha. Entonces me senté y cruce mis piernas sin dejar de mirarlo un segundo. La cara se le enrojecía y los puños apretados golpeaban contra su escritorio. Yo no hablaba, con la sonrisa misma desde mi entrada, acataba su decisión de no ir a trabajar. Él no sabía que decir, se sentía acorralado sin su retórica. Yo seguía sentado. Pasaron diez minutos hasta que sonó el teléfono, era mi mujer, me la pasó con el manos libres.
-Hola linda, que sorpresa.
-Hola, ¿Cómo va tu mañana?
-Mirá, hasta ahora no he podido hacer nada, porque Roberto me tiene en su oficina empecinado en una disculpa que no pienso pedirle. Igual me preocupa este muchacho porque lo veo muy colorado.
-Uy, capaz vas a tener que llamar a una ambulancia.
-No es para tanto- Dijo Roberto. –Lo que pasa, es que tu marido llegó tarde y no me explica por que.
-Pero, Joaquín, ¿te pasó algo?
-Sí, después te cuento, pero todo bien, no te preocupes.
-Bueno, un beso mi amor. Chau Roberto, cuidado con la presión- La risa de mi mujer puso histérico a mi jefe, que cortó el teléfono con bronca.
-¿No vas a hablar?
-No tengo nada para decirte, Roberto, siento que estoy sentado acá, totalmente al pedo.
-Andá, pero esto no termina acá.
-Debería terminar acá, yo no voy a seguir así, si me vas a echar decidilo ahora, porque no quiero trabajar al pedo.
-No, no te voy a echar, pero no quiero más de estas actitudes.
-Yo tampoco, jefe, necesitás cambiar muchas cosas.
-Vos sos el que está mal.
-No te confundas, a partir de hoy yo voy a estar bien, con o sin este trabajo, pero las cosas van a ser diferentes, ya tengo treinta y un años y es hora de hacerme valer un poco.
-¡Yo no voy a cambiar mi forma de trabajo!
-El trabajo está bien, lo malo es la forma.
-Es así y no va a cambiar, siempre trabajé de esta manera.
-Roberto, cuando te hablo, hablo en serio, yo no te aguanto más: sos un histérico, gritón, soberbio, jodido; y para colmo te vestís mal y te ponés camisas arrugadas. Obviando lo de la ropa, que al fin de cuentas te perjudica solo a vos, no voy a soportar ninguna de las otras actitudes.
-Entonces no podemos seguir trabajando.
-Listo, llamá al contador para que haga las cuentas.
-Pero me vas a dejar plantado así, te tengo que reemplazar, son siete años.
-Es tu decisión, no la mía, yo no puedo (ni quiero) hacer nada.
-Mejor si te quedás, después veremos si puedo controlarme. Lo de la ropa me dolió.
-En los ojos duele, si querés te puedo asesorar un poco. Y planchá las camisas.
-Andá a laburar.
-No me llames hasta las tres de la tarde, ya me interrumpiste mucho por hoy, en un rato te mando el listado de los llamados que hay que hacer hoy.

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