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agosto 01, 2020

XIV

En la reunión del sábado tratamos la “operación Martínez” y la aceptación fue unánime. Los muchachos estaban encantados, además de los afanos, iban a cobrar un extra. Yo desconfi aba, me parecía peligroso el hecho de meternos a afanar en un acto político. En esos casos, la gente anda con una “idea de grupo” diferente, suponen una pertenencia especial con respecto a su vecino que aplaude y canta las mismas pavadas que él. Eso, me hacía suponer que en caso de descubrir un chorro entre las fi las, se unirían en pos de lincharlo. Les planteé la idea a los muchachos, pero ellos me tranquilizaron con ejemplos de trabajos anteriores en marchas y actos. –No pasa nada, Joaquín, los que van a los actos son todos una “manga de cagones”. A la mayoría alguien los lleva y les paga, así que “ni ahí” son un grupo. –No creo que en todos los actos sea así. –Pero si viene de Martínez seguro que es así, solamente hay que tener cuidado con la “yuta”, pero Jiménez algo va a poder hacer. –A mí, sigue sin gustarme, pero ustedes son los soldados, y si les interesa, más vale así. –Está bueno esto de conversar, Joaquín. Yo creo que podemos hacer buena guita con el “chabón este”. –Yo también, Roque, pero tenía otras ideas antes de este negocio. –Tenemos tiempo. –Sí, eso es verdad. Guillermo: ¿Abriste las cuentas de email para todos? –Ya están listas, pero a Pepo y Pichu no hubo forma de explicarles cómo entrar. –Yo les mando todos los días un video porno y vas a ver que aprenden rápido. ¿Quién busca más birras? Con el pasar de los meses, la ofi cina tomó un color interesante, incluso la extendimos unos metros para que Julián estuviera mejor. Teníamos dos computadoras con banda ancha de Internet, televisión por cable, microondas, freezer, parrilla afuera, un banco de pesas, una biblioteca con más revistas que libros, muchos CDS, sillones confortables, hasta un pizarrón. Me sentía cómodo ahí, el grupo había crecido, aunque seguíamos siendo siete en las reuniones, cada uno de los muchachos tenía varios a su cargo y eso implicaba una mayor organización. Ya cubríamos tres partidos del conurbano y la logística llevaba tiempo. Los muchachos estaban contentos, se vestían “feo” pero mejor y todos tenían celulares. Hicimos varios trabajos para Martínez, fi jamos la tarifa en diez mil pesos por acto hasta dos mil personas y quince mil los más grandes. A veces el contrato, trataba de impedir los afanos, en ese caso pedíamos dos mil pesos más en concepto de propinas. Jiménez, poco a poco, escalaba posiciones en la fuerza, sus zonas estaban siempre limpias de robos y sus patrulladas eran impecables. Hubo varios problemas que resolver, pero bien organizados resultaron sencillos. Cada nuevo lugar que tomábamos implicaba una prueba de fuerza y muchos ojos morados y costillas rotas. Supongo que alguien murió en esas cruzadas, pero yo traté siempre de evitarlo. Las fronteras en el conurbano son simples carteles de bienvenida, pero existe cierta pertenencia de los moradores (incluyendo a los delincuentes) que los obliga a mirar con desprecio a los foráneos. Por eso andábamos con cuidado, entrábamos poco a poco y cuando se daban cuenta de la invasión sólo debíamos reventarlos a patadas. Para los muchachos era bueno afanar en otros barrios, porque en lo profundo de sus conciencias, algo les molestaba al momento de “apretar” a un vecino. Eso sí, en muy pocas ocasiones mi gente uso la fuerza con los “clientes”. Un caso, fue durante los primeros días de un nuevo integrante a cargo de Guillermo, el “loquito” se metió un “paco” antes de salir a laburar y casi mata a un adolescente a patadas. El sábado siguiente vino a la reunión con su jefe y se sentó al fondo de la ofi cina a mirar televisión. Guillermo lo justifi caba con el hecho de que “juntaba” bastante, pero a su vez, sabía que ese tipo de errores no podían quedar impunes. –¿Qué vas a hacer, Guillermo? –Estuve pensando, creo que lo mejor es “bajarlo” –¡Pará, loco!, no te parece demasiado. –Ni ahí me gusta, pero lo van a agarrar, meter en cana, identifi car; el caso salió por la tele. Y cuando lo agarren, seguro que salta que anda conmigo, y si anda conmigo también te manda a vos “al muere”, y a los otros muchachos. Creo que lo tenemos que desaparecer. –¿Cómo? –Dejámelo a mí, Cholito me aconsejó un poco, Roque y Pepo me van a “hacer el aguante”, quedate tranquilo. Fue el primer impacto real que tuve sobre mi nueva actividad. El chico miraba tele, en su mundo de “paco”. Lo observé un rato y me dio lástima. Yo debía fi rmar su sentencia, también podía evitarla, pero supuse que en ese caso era alargarle un poco la vida. A ese muchachito no le quedaba mucho, con o sin Guillermo. –Está bien, Guillermo, ¿tiene familia? –No, creo que son de Jujuy, hace años que no sabe nada de ellos. –Se acabó el tema entonces. Tengo que irme ahora, cualquier cosa me llaman al celular. Pasé a saludar a Cholito por el bar y me tomé dos ginebras al hilo, me hacían falta. Procuré no pensar en el chico, pero a cada rato volvía a mi cabeza. Esa noche invité a mi mujer a una “disco” de moda, necesitaba música fuerte y tragos variados.

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XV

Mi cambio de vida fue tan gradual, que no pude tomarlo como lo que realmente signifi caba. Una cosa lleva a la otra, decía cada madrugada, y siempre las ideas fl uían naturales, de manera que casi no provocaban sacudones interiores de magnitud. Si bien lo del “loquito” me afectó un poco, lo digerí muy rápido, ¿era negación? Quién sabe, tal vez era un paso imprescindible que esperaba que sucediera de la forma más sencilla. Y fue así, yo sólo tuve que autorizar la operación. Sin dudas tenía “pasta” para ese tipo de negocio, de mi trabajo legal usé la organización meticulosa de cada detalle, sumada esta, al coraje desenfrenado que no me abandonaba, no había posibilidad de fracaso. En realidad había muchísimas, pero yo no las veía. Roberto no era más mi jefe. Aunque seguía cobrando su sueldo, casi siempre manejaba las cosas desde lejos, sólo solucionando los problemas y cobrando a todos. Sospecho que al encarar las deudas de manera más personal en mi cabeza no existía la posibilidad de que alguien me demorara un pago o se hiciera el “pelotudo”. Yo hacía frente derecho, encontraba a la persona y le cobraba. Si bien nunca usé la violencia, algo en mi actitud le avisaba al deudor que le convenía pagarme para vivir tranquilo. Pero mi vida y energías estaban enfocadas en la “villa” con mis muchachos y nuestra ofi cina. Creo que era feliz ahí. A pesar de ser incompatible para la amistad con todos ellos, me generaban sentimientos nuevos, eran buenos muchachos en cierto sentido, y querían prosperar. Para el primer aniversario, hicimos una choripaneada para todos. Muchos vinieron con sus novias, hermanos, madres o amigos; compramos cuatro barriles de cerveza y diez cajas de vino y nos quedamos cortos. Fue un éxito, fuimos más de cien personas alegres y conformes. Mi mujer no quiso ir, no le gustaba el ambiente y yo acepté su decisión. Me sugería con brío que dejara el negocio, que era peligroso, que no estaba nunca con ella y que no tendría hijos en un medio violento. Gradualmente, la dejé alejarse, nos queríamos muchísimo, pero no teníamos nada que compartir. Supongo que le quitamos al amor el sentido de pertenencia y se hizo muy frágil. Un día, ella se mudó al centro y yo me quedé en el barrio. Cada tanto, hablábamos por teléfono, nos encontrábamos y teníamos sexo del bueno. Pero los dos sabíamos que se iba a cortar en cuanto apareciera alguien que exigiera exclusividad. La extrañé mucho y creo que ella también, pero fue lo mejor. Fantaseé con vivir en la villa y construirme una casita, lo deseché cuando descubrí que necesitaba los dos mundos en los que me movía y que meterme allí sería un abandono paulatino del otro, mas burgués, intelectual, amistoso y confortable. Seguí en contacto con el contador Federico Villegas, aquel a quien convencí que me pagara. Comimos juntos varias veces y me presentó personas interesantes. Gracias a él, me sumergí en un nivel socio económico alto, iba a fi estas, salía con chicas. Me codeaba con los dos extremos de la sociedad y en ambos era un pez en el agua. Descubrí que no son tan diferentes, los problemas morales quedan relegados a la golpeada clase media. Controlábamos cinco partidos del conurbano, éramos más de sesenta soldados a cargo de seis capitanes y un general, o sea yo. Hubo muchas batallas, guerras de guerrillas, cuerpo a cuerpo. No era fácil entrar a los nuevos barrios, pero nuestra “onda Ghandi” con los clientes y “Saddam” con los colegas nos abría las puertas de las calles. Los partidos del oeste eran duros, incluso debí abandonar uno, porque tomarlo demandaría demasiadas energías. Entraba mucha plata de los afanos y los actos políticos, pero mucha más, del servicio de protección que brindábamos. Fue un negocio duro, con competencia feroz e instalada desde décadas. Jiménez nos ayudó a resolverlo gracias a la información policial. Con nuestro apoyo, dirigió operativos en los que detuvo a algunos jefes del negocio. Eso le valió un nuevo ascenso y muchos billetes de mi parte. Igual, el granito de arena aportado por Jiménez sirvió para darnos coraje. Quedaban muchos jefes que tuvimos que golpear, desaparecer, amenazar. Fueron unos meses difíciles aunque fabulosos. La posibilidad de morir estaba en cada esquina, y la parca me seducía y asustaba. El primer mes me instalé en la villa, después fui poco a poco volviendo a mi vida habitual. A diferencia de las mafi as locales, nosotros ofrecíamos un seguro total contra afanos de cualquier tipo, y eso incluía a los antiguos recaudadores. Si alguno rehusaba, le demostrábamos el error con asaltos diarios y algunos golpes suaves. La competencia no podía rivalizar con eso, y si trataban de evitarlo, les caíamos como un ejército enojado. Guillermo cayó herido en una de esas batallas y murió a los pocos meses. Tenía veintidós años, era un gran peleador y con una memoria brillante. Un día le llevé un grabador a la clínica y le pedí que dejara registrado todo lo que recordara del tiempo conmigo. Cuando murió, llevaba grabados quince casetes de noventa minutos, que algún día escucharé. Murió agradecido conmigo y los muchachos, nos consideraba su única familia desde que dejó la “barra” del equipo de sus amores. Los muchachos de Guillermo se repartieron entre los cinco restantes, y me pareció un buen momento para ascender a Martín, el rubio de mi primer enfrentamiento, que trabajaba para Julián. Le cedimos cinco soldados y lo pusimos a prueba.

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XVI

Los muchachos prosperaban económicamente, sólo Julián seguía en la Villa, el resto había comprado casa. Todas quedaban cerca, pero en zonas menos necesitadas. Me costó sudor y lágrimas hacerles entender que no ostentaran con la plata. Las casas que compraran, debían estar en barrios de clase media– baja, que tras sus paredes hicieran lo que quisieran, pero el aspecto no debía sobresalir del resto. De mala gana aceptaron, supongo que entendieron que no era bueno mostrar al mundo la prosperidad, porque las envidias siempre son perjudiciales. El más duro fue Pepo, un sábado llegó a la reunión en una 4x4 negra, creo que era Toyota. A pesar de mi insistencia, se negaba a venderla, estaba enamorado de su vehículo, no entraba en razones y quería a su camioneta más que a su fl amante banda de cumbia. Le prohibí entrar a la Villa manejándola y amenazó con llevarse a su gente. Lo cité en mi casa una tardecita, llegó en su camioneta con dos de sus muchachos. Lo dejé entrar a él solo. Nunca había venido a mi casa, solamente Julián tenía acceso. Se sorprendió de la escasez de muebles y lo humilde de mi morada; yo no necesitaba más que un living comedor grande, una cocina y dos dormitorios. –¿Qué contás, Pepo? –Sos miserable, Joaquín, ¿Qué hacés con la guita? –No es tu problema, hace dos años te dije que la plata viene por añadidura, pero no hacemos todo esto sólo por guita. –La guita llegó, ¿Dónde la tenés? –No importa, ¿viste mi auto? –¿Tenés ese autito nomás? Yo pensaba que lo usabas para ir a la Villa nomás. –Es mi único auto, no necesito otro. –¿No te gustan los autos lindos? –Me gustan mucho, pero no los necesito por ahora, dentro de unos años tal vez tenga algo mejor, por ahora mi cabeza va mucho más allá de un auto. ¿Querés un salamín y una cerveza? –Joya. Lo que no entiendo, es que no podamos disfrutar de la plata. –¿Pensaste en irte de vacaciones? A Brasil por ejemplo. –No. –Ahí tenés una forma de disfrutar la guita. Te vas una semana, a un hotel de lujo, con una minita de las tuyas y te tirás diez lucas, no te privás de nada. –Pero ahí no hablan castellano, no voy a entender una mierda. –Entonces andate a México, a Cuba, a Punta Cana, donde se te “cante el culo” –No sé, yo estoy re–caliente con vos, primero ganamos plata y todo bien, después me compro una camionetita y todo mal. –Mejor para vos que se te pase la calentura, no creas que tengo tiempo para lidiar con boludeces, hace dos años no tenías un mango, ni gente a cargo, ni siquiera pensabas en la posibilidad de tener lo que tenés hoy. ¿Me equivoco? –No, es verdá. –Aceptaste trabajar para mí, ¿te obligué? –Ni ahí, yo acepté, con el pobre Guille y Roque. –Tampoco te voy a obligar a que te quedes. Pero no pienses que te voy a dejar laburar en alguna de las zonas que manejamos. Te vas a tener que ir bien lejos. Vas a perder a la mitad de tus muchachos que se van a quedar conmigo. –Eso no sabés, mis muchachos son de fi erro. –Vos eras de fi erro, y acá estás, queriendo abrirte, por una pavada. –No es una pavada, los muchachos… –¿Qué dicen los muchachos? –Nada, dicen que si quiero la camioneta que me la quede. –¿Alguno tiene un auto de lujo? –No, pero querrían tener y no se animan. –La diferencia es que entendieron el porqué, vos no lo querés entender y yo ya me cansé de discutir. Ya sabés las opciones, si te querés ir, andate. Si te querés quedar, quedate sin la camioneta. Yo te prometo que esta charla va a quedar entre nosotros. –¿No me vas a hacer bajar? –¡Estás en pedo! Somos socios, Pepo. –Voy a pensarlo. –Tenés hasta el sábado, si no venís a la reunión todo va a quedar claro. Ahora tengo que salir, llevame hasta la plaza. –¿Querés manejar? –No gracias, manejá vos nomás. El sábado siguiente llegó Pepo a bordo de un Renault 21. No hablamos nunca más del tema ni lo comenté con los muchachos. Con el tiempo, me enteré que no había vendido la camioneta, sólo se la había dado a un primo para que se la cuidara. Casi todos los domingos viajaba y disfrutaba de su vehículo.

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XVII

Mi empresa buscaba la permanente innovación, por eso decidí que era imprescindible incorporar mujeres. Fue difícil, no porque no hubiera chicas dispuestas a delinquir, sino porque pocas de ellas estaban preparadas para pertenecer a una organización compuesta sólo por hombres. A Josefi na la encontré un día de lluvia haciendo dedo en la autopista, al principio pensé que estaba trabajando, pero cuando me acerqué, evidencié que con ese aspecto “rollinga” no tenía posibilidades de vender su cuerpo. Le decían “La China” tal vez por llamarse así o lo que fuera, el caso fue que no pude vencer la tentación de llevarla. –Gracia, loco, me estaba recagando de frío, son todos “una manga de caretas”, nadie levanta a nadie ya en este país, es una mierda. Pero con vos todo bien, sos del palo se ve. –¿De qué palo? –Quiero decir que no sos careta, que no la vas de “forro” y que tirás una mano de vez en cuando. –Parece que sí. ¿Cómo te llamás? –¿Vos no sos el Joaquín, de la villa? Sí ¡Qué loco! Para el Juliancito sos como un Dios. –¿Sos amiga de Julián? –Si, curtimos a veces, pero el chabón labura demasiado, nunca tiene tiempo. Si no fuera del palo pintará para “careta” como Martín, el rubio que tiene al lado. –¿Martín es careta? –Y…, el chabón quiere “pintarla” de villero, pero ni ahí, se le nota que viene de casa de material. Josefi na hablaba mal y mucho, tenía diecisiete años y no era fea. Su “onda” no me resultaba atractiva, pero es posible que para Julián fuera una diosa. Me cayó muy simpática, y ya que iba para la ofi cina, la llevé hasta la villa. –¿Vas al colegio? –A veces, pero no mucho porque debo un montón de materias de tercero y cada vez que voy, los ortivas de los profesores me quieren llenar la cabeza con que estudie y que termine el secundario. Ni ahí, no va eso conmigo, mirá que yo leo mucho y escribo bien. –¿Qué escribís? –Para los otros, muchos pibes no tienen idea de cómo hacer la “o” con un vaso y yo le escribo cartas. A mi mamá le leo las cartas de mi abuela que vive en Formosa y le contesto a la viejita. –¿Fuiste a Formosa? –No, a mi abuela no la conozco, pero le escribí como cien cartas. –¿Cómo conseguís guita? –No tengo un cobre, nunca, ni para el bondi. Pero a veces “empujo” a las “caretitas” de la escuela parroquial, tranqui, hago unos manguitos pero no mucho, las pendejas andan “secas” como yo. –¿Con quién te juntás? –¡Qué se yo! Yo conozco a todos en la villa, y buena onda. Pero más que nada con Julián y los amigos. –¿Qué podrías hacer con nosotros? De laburo, digo. –Puedo ser la secretaria de Julián. ¡Te imaginás! –¡No jodas!, el día que Julián necesite secretaria, yo me jubilo. –Era Joda, ni idea qué puedo hacer. –Pensalo, estoy cansado de que seamos todos hombres. Vos pensás que las chicas son “del palo”; pero “del palo” –Ni ahí, muchas no se bancan que las manden, pero se la bancan. –Pensá en algo y vení a verme, o contale a Julián. Si la idea esta buena le damos para adelante. Igual, sos bienvenida. –Gracias, Joaquín, si me pinta una buena idea te aviso, me bajo acá. No tuve noticias de ella por varios días y le pregunté a Julián si sabía algo. –¡La saqué cagando, Joaquín! Vino diciendo que tenía un proyecto para presentarme y no se qué más, que quería juntarse a charlar con vos. Pensé que me estaba jodiendo. Pero si querés la llamo y le digo que venga. –Que hable con vos, Julián, si te gusta la idea me la comentás el sábado. ¡No tenés que ser tan machista!, fi jate que si no te preguntaba, la pobre mina iba a pensar que yo no tengo palabra. –Tenés razón, es por la falta de costumbre. El sábado siguiente, Julián trajo a “la China” a la reunión. –Hola, China, tenés veinte minutos para convencerme. –No me apurés, Joaquín. Pero todo bien. Mi idea es juntarme con las “domésticas” de los ricos y tener toda la información de las familias. –¿Para qué serviría eso? –Todos dicen que la información es muy importante. Si no te va la idea, todo bien, pero acá en la villa la mayoría de las doñas limpian las casas de los “chabones grosos” y pueden contarnos muchas cosas. –Puede servir. ¿Tenés alguna lista de las casas “grosas”? –No todavía, pero en una semana te la hago, si te va la idea. Capaz haya que pagar un poco a las doñas, pero no creo que mucho. Miré a los muchachos y sus cabezas trabajaban en encontrarle la vuelta al proyecto, yo estaba encantado con la idea, pero necesitaba que mis empleados entendieran la función de toda la información. Pichu miró a “la China” y le sonrió antes de hablar. –¿Sabés manejar la compu? –Más o menos. –Tendrías que cargar todos los datos en alguna parte, vas a tener que aprender. –No hay drama, yo aprendo en seguida. –Me gusta la idea, Joaquín, no se si nos va a servir, pero, como vos decís: Nunca se sabe. El Pichu parecía “Don Pichu”, se había cortado el pelo casi a cero y le asomaba un cepillito colorado de su cabeza. Andaba siempre con camisetas de marca y casi sobrias que dejaban ver en su cuello una cadena de oro grueso que hacía juego con un arete pequeño con forma de árbol dorado en su oreja izquierda. Usaba un bigote corto que le daba un aspecto intelectual que resultaba gracioso y unos RayBan permanentes. Reacio al principio con la tecnología, con el tiempo se había convertido en un fanático del chat. Él compró la cámara Web para la ofi cina y en su casa tenía una Mac que vivía comparando con nuestras “berretas” pcs.

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XVIII

–¡Ni piensen que voy a hacerles de “mucama”!– Se quejó la China. –¿Estamos de acuerdo, muchachos? Los muchachos dijeron “bueno” y Julián arregló el tema económico con la nueva integrante, que se pondría a trabajar en ese momento. Julián no estaba muy convencido, parecía molestarle la incorporación de la China. Cuando le pregunté me esquivó la respuesta. Por las dudas, le dije que el laburo de la China y todo lo referente a ella deberían llegar primero a él. Eso lo tranquilizó un poco, la China iba a ser su empleada y no una especie de socia. –Aparte– le dije– tener una minita en la ofi cina está bueno. Ese día contratamos a “la China”. Una semana después, con la ayuda de Pichu, Josefi na comenzó a trabajar en la “base de datos PLD” (por las dudas). Traía bastante información. Sabíamos con certeza cuando las familias se iban de vacaciones, hacían fi estas, compraban auto y hasta las primeras menstruaciones de las niñas de la casa. Todo se guardaba en la computadora, cada familia por orden alfabético. En realidad, toda esa info no nos servía para mucho, pero era una especie de seguro contra posibles ataques, especialmente de políticos. Un día me encontré con que Julián y la China vivían juntos, y me pareció bien, más aún teniendo en cuenta la panza crecida de mi empleada. Me ofrecieron el padrinazgo del vástago, pero me negué excusando problemas religiosos y mi poca esperanza de vida. Se ofendieron, pero no quería ese tipo de ataduras con mis empleados. Los sábados la China desaparecía, no estaba invitada a las reuniones. En una de ellas, luego de una semana muy productiva, noté aburridos a los muchachos, y como no tenía nada nuevo que decir, les pedí que pensaran en qué hacer con la información que teníamos. Pepo, sugirió afanarles las casas cuando estuvieran de vacaciones; Pichu, cobrarles un extra cuando se fueran, Julián, vender la información a alguna revista. Roque fue el más suspicaz. Imaginó que sería interesante apoderarnos de los documentos y pasaportes sólo por diversión. –Como dijiste con la información, Joaquín, si tenemos los documentos, capaz que un día nos sirven para algo. A los muchachos les encantó la idea, y a mí me pareció muy divertida. Al día siguiente, la China recibió la orden de Julián. Cobraría veinte pesos por DNI y treinta por pasaporte. No pregunté cuánto le pagó la China a las mucamas, pero cada semana traía un interesante número de documentos. Teníamos en un archivo, bien ordenados, más de cien pasaportes, trescientos DNI y setenta cédulas de identidad. No sabíamos para qué servirían, pero poseer eso nos hacía sentir un poco más poderosos. Jiménez me preguntó si sabía algo de las desapariciones y, en tono jocoso, le dije: treinta mil.

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XIX

La mañana que le gané a Pichu por primera vez una carera de trescientos metros, me sentí plenamente feliz. La noche anterior había cenado con el subcomisario Jiménez en una parrilla alejada. No era bueno que nos vieran juntos, porque si bien yo no tenía antecedentes, estaba en la mira de muchos. Sobre mí pesaban muchas denuncias insostenibles, incluso de ex soldados con poca cabeza para ver el porvenir. Juaco, había estado preso un par de meses, pero debieron largarlo por falta de pruebas. Lo acusaron de tráfi co de drogas y es esa no nos metíamos. En realidad nuestro único contacto con el negocio era el dinero que nos pagaban los camellos para pasar “merca” en nuestras zonas, no era mucho, y Juaco era el cobrador. Por ahí lo agarraron. –Felicitaciones por el ascenso. –Te debo una. –¿Cómo andas, tanto tiempo? –Bien, Joaquín, con mucho papeleo ahora, pero contento. – Jiménez estaba fl aco y usaba traje, parecía otra persona. –Me alegro por vos. –Ayer me vino a ver el intendente, el tipo sabe, no nos olvidemos que lo puso Martínez. –¿Qué quería? –Que me comprometiera a mantener el orden durante su mandato. –¿Hay algún problema con mi gente? –No, está demasiado bien todo, pero el intendente quiere bajar la tasa de delito a cero. –¡Está en pedo! ¿Qué va a hacer con la cana si no hay delitos? –La cana es de la Provincia, y si todo anda bien, no van a sacarnos gente. –Van a criar panza. –La idea es que se patrulle mucho y de esa manera crear una sensación de seguridad. –¿Cuánto hay? –Los números se arreglan con Martínez. Pero hay otro tema. –¡Cagamos! –El intendente necesita que crezcan los afanos en los partidos vecinos. –¿Vos no entendiste todavía para qué hago lo que hago? –¿Además de la guita? –Yo podría retirarme mañana y vivir tranquilo en el campo. –Contame. –¿Vos no pensarás que te ayudé a subir en la fuerza porque necesito tenerte de amigo? –¿No somos amigos, acaso? –Sí, pero además somos socios en algo que no tiene nada que ver con la guita. –¿Me vas a explicar? –Me gustaría que lo entendieras por tu propia cuenta, a mí me llevó dos años comprender para qué hacía lo que hacía. Desde que lo entendí las cosas me salen mucho mejor. –Dame dos años para pensarlo. –Hace más tiempo que trabajamos juntos, podrías haberlo entendido el mismo día que yo. –Debo ser más bestia. –Eso sin duda. No, es chiste, “subco” Desde siempre supiste que yo no nací delincuente, incluso muchos me considerarían un privilegiado por la vida que llevaba antes de esto. –Sí. –Muchas veces se encuentran los “por qué” después de hacer las cosas, y, la mayoría de las veces, uno se arrepiente. Pero, en contadas ocasiones, dejar que las cosas sigan su rumbo sin buscar los motivos, nos permite descubrir después de un tiempo, que todo, absolutamente todo, tiene sus objetivos. Yo entré en esto porque cagué a trompadas a Julián, y en un segundo descubrí que podía ser más malo que él y que ya era un poco más inteligente, o “preparado” si se quiere. A partir de allí, fui creciendo, entendiendo el negocio, haciéndome más fuerte, más duro, más violento. Siempre esperando que apareciera una luz que me demostrara que lo que hacía no era tan malo. –Pero sos un tipo peligroso, Joaquín. Muchos han quedado en el camino. –No hay inocentes en el camino, al menos no del todo inocentes. ¿Decime si alguien había entrado a la Villa como yo y había manejado a la gente así? –Hasta tu llegada, sólo los curas y los evangelistas. –Ellos no lograron nada que “valga la pena”. Quizás un poco de ropa o comida, pero no cambiaron un ápice la forma de pensar de los villeros. –¿Vos sí? –¿Te parece poco, que un pendejo desahuciado hace cuatro años hoy maneje más de cien personas, use una computadora con destreza, tenga su propio vehículo y pueda controlar toda la organización cuando yo no estoy? Ése, es Julián. ¿O qué otro, de veintitrés años, haya salido de la Villa, maneje su auto y hasta tenga su negocio de muebles?: ése, es Pichu. ¿O que dos energúmenos que lo único que sabían era “hacer el aguante” en una cancha de fútbol, hoy en día, a demás de manejar su gente, tengan su banda de música y hasta su propio boliche?: Pepo y Roque. Hasta Guillermo, Dios lo tenga en la gloria, antes de morir dejó un legado en casetes que algún día editaremos en libro. Y Juaco, a pesar de haber estado en cana por error, maneja a su gente como nadie, todos lo respetan y hasta tiene su escuelita de fútbol. Al fi nal, Martín es el que resultó menos bueno. Pero es lógico, no viene de la Villa. –Todo muy lindo, Joaquín, pero te me vas por las ramas. ¿Qué descubriste? –Voy a esperar a que lo descubras vos. Decile al intendente que le prometo un año de crimen cero, después veremos qué pasa. –Le quedan dos de mandato. –Entonces que renuncie en cuanto empiece la campaña para gobernador, ¡o que se vaya bien a la puta madre que lo parió! –¡Epa! No te pongas nervioso, es mejor para vos ser amigo del intendente. –Es mejor para él ser mi amigo. Si quiere ser gobernador tiene que ser mi amigo. Hagamos algo, me enojé mucho de golpe y no sé bien por qué, dejemos esta charla para oro día. –Está bien, le digo que no me contestaste todavía. –Invitá vos, no tengo plata. –Encantado. El enojo me duró varios días, al menos me sirvió para correr más rápido que Pichu y disfrutar de diez segundos de felicidad.

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XX

Nadie va a decir sobre mi lápida: “Era un pan de Dios”; y me alegro de eso. No se trata de mi ofi cio, si nunca me hubiese dedicado a esto y hubiera seguido trabajando legalmente, tampoco. Sólo no está en mis genes la bondad, tampoco la maldad. Aunque vista desde afuera, la falta de bondad sea catalogada de maldad, no es así, pero no importa. Soy un tipo racional, siempre lo he sido y creo que lo seguiré siendo. No tengo excusas para mi comportamiento, tampoco las necesito, yo decidí que mi vida fuera como es. Desde chico una cosa llevó a la otra y, si bien la felicidad me sigue siendo esquiva, no me quejo. Estos últimos años fueron los más difíciles de mi vida, y a la vez los más maravillosos e intensos. Me pasaron muchas cosas que no he relatado por aburridas, pero todas me sirvieron para algo, a pesar de no haberles dado la oportunidad de una meditación escrupulosa. Jiménez piensa que yo soy un gran pensador, un tipo que calcula cada uno de sus pasos, un calculador especializado en pros y contras. Nada menos cierto, a pesar de todo lo que he vivido y de mis responsabilidades, sigo aceptando las cosas tal son y actuando en función de la realidad. Quizás sí, tenga una capacidad de decisión especial, y por ella estoy acá. Considero que cada decisión tomada tiene siempre una opción peor y una mejor, lo que me lleva a concluir en que las fl echas de cada encrucijada son tres, o cinco si hilamos fi no con los “masomenos”. Lo que hay que saber, es lidiar con cada una de ellas y hacerse cargo. Hay días en los que miro la vida en paralelo, me veo a mí actuando, camino a mi lado. Es raro, pero ayuda. Antes me había pasado, pero necesitaba la marihuana para ello y lo que lograba era tener dividido el cerebro en dos niveles. Ahora me pasa sin porro, y está bueno porque no me involucro demasiado en cosas que podrían afectarme. Ya he contado que me gusta el poder, siempre lo he buscado, y he conseguido bastante. Pero también he dicho que la sensación más gratifi cante del poder, mucho más que ejercerlo, es que, absolutamente nadie, tenga poder sobre mí. Eso, indefectiblemente, lleva a la soledad. Y la soledad, en ciertas ocasiones a la tristeza. Y la tristeza, a veces al enojo. Y el enojo, a los errores. Y a los errores, hay que solucionarlos. Y en las soluciones, casi siempre hay un nuevo impulso anímico para seguir adelante. Después de la charla con Jiménez, descubrí que Martínez había sido un error. No caben dudas de que la inyección monetaria que nos dio fue de gran ayuda para proyectos futuros, pero, el muy desgraciado, consideraba que podía contar conmigo para sus proyectos. Hasta el momento se trataba de negocios y estaba bien, pero de ahí a ayudarlo en un proyecto político a largo plazo, me convertía en cómplice y le daba cierto poder sobre mí. Por primera vez en cuatro años, tuve ganas de retirarme del negocio e irme a una isla a disfrutar mi soledad en un ámbito real. Sabía que no era el momento, aunque parecía ser la única salida para demostrar que nadie podía manejarme. Dejar el negocio traería aparejado el caos, Julián no estaba preparado para la responsabilidad y en pocos meses, la estructura se derrumbaría. Ni siquiera Jiménez entendía lo esencial. A ojos vista estaba que mi organización había derrotado a la delincuencia. Casi no había robos en nuestras zonas, los chorros de a pié de años atrás, se ocupaban casi de forma exclusiva de impedir que personas ajenas a la “empresa” molestaran a nuestros clientes. Los negocios gastaban menos en nosotros que en seguros contra robos. Los particulares no dudaban en pegar en sus puertas una calcomanía que vendíamos a cien pesos, o cincuenta, o treinta según el barrio. Cambiaba cada mes y nadie dudaba en pagar la cuota. Era mejor que cualquier alarma o guardia de seguridad. Ofrecíamos también, a diez pesos cada uno, un prendedor de lata que los mantenía a salvo de robos en la vía pública. Incluso podían mandarnos un mensaje de texto si surgía algún problema. Siempre descubríamos muchachos queriendo hacerse el día con nuestros clientes, la orden era una sola, reventarlos a patadas y tirarlos en la puerta de la comisaría. No para que los metieran presos, sino para qué en la comisaría conocieran sus caras amoratadas. Terminamos de un plumazo con los cuidacoches, sólo porque yo los detestaba. A la mayoría de ellos los pusimos a vender calcomanías y prendedores y les iba mejor que antes. Los que no aceptaron, o siguieron en el rubro, terminaron en el hospital o en alguna zanja. Cuando los muchachos se ponían nerviosos por la falta de acción, hacíamos visitas a nuevas zonas y despuntaban el vicio de “empujar panchos”. Pero cada vez exigían menos esas salidas. Así y todo, estábamos fuera de la ley, y no faltaban detractores de nuestro trabajo. La concejala nos tiraba dardos envenenados en los medios locales, ¡justamente ella! que luchaba contra la inseguridad. El problema era que “no era un logro político” La zona era segura y nadie podía llevarse los laureles. Ni siquiera yo, salvo que quisiera terminar en la cárcel. Por eso estaba tan enojado, la seguridad no convenía a los políticos, o les convenía a medias. ¿Con qué derecho el intendente me había pedido que incrementara los robos en el partido vecino? Yo no quería robos, quería que todos vivieran tranquilos y me pagaran por ello. Pero ya nadie me dejaría trabajar tranquilo, las ansias de poder de un tipo estaban por arruinar todo mi trabajo y no encontraba la forma de evitarlo

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XXI

Me tomé unos días de descanso a pesar de que Jiménez necesitaba una respuesta para el intendente. Se me cruzó por la cabeza “bajar” al tipo, pero eso me pondría en el foco de atención y, por otro lado, vendría otro y otro y otro. Todos con la misma idea de que sólo los políticos “deben” solucionar los problemas de la gente. Dejé a Julián al mando y me fui a esquiar al sur, al mejor hotel. Quería no pensar en el tema y relajarme, pero iba a ser complicado. A pesar de mi amargura, puse una sonrisa perenne en mi cara. El ambiente era entretenido, incluso me encontré con algunos conocidos que se empeñaban en paliar mi soledad. Casi lo logran durante las noches de copas, baile y alguna chica bonita bajo mis sábanas, pero la solución no me iluminaba. Volví como me fui, aunque tostado por el sol sobre la nieve. Jiménez me había llamado a diario y hasta visitó a Julián en busca de respuestas. El intendente y Martínez estaban ansiosos por conocer mi decisión. –No tengo respuesta para darte, no voy a cambiar nada por el momento. –Pero, Joaquín, no seamos tontos, te conviene tener al tipo de tu lado. –¿Sabés lo que pasaría si desarmo la empresa? Imaginate, hasta vos te quedás sin laburo porque de un día para otro se va a llenar la ciudad de chorros. –Tené en cuenta en que el gobierno hace la “vista gorda” con las calcomanías y los prendedores, lógicamente pretenden algo a cambio. –¿Te parece poco la seguridad? –Eso está bien, pero te van a bajar. –Y a vos también. A ver si pensás un poco en vos y en tu carrera en lugar de ser un “mandadero” –Escuchame, son mis jefes y debo responder, ¿Qué querés que haga? –Yo pensé que con tus ascensos te ibas a avivar un poco. No sólo no entendiste la función que cumplimos, sino que no tenés una base sólida que te sostenga si yo me voy. –¿Dónde te vas a ir? –A ningún lado, es una forma de decir. Sabés, Jiménez, tengo la cabeza que me explota, decile al “forro” del intendente que la seguridad va a seguir, pero también en los partidos vecinos y en todos los que controlamos; si no le gusta, que hable conmigo y lo solucionamos como hombres. Espero que el tipo tenga cabeza. –Yo le digo. Te noto enojado conmigo, no te calentés, Joaquín, las cosas van a ser como antes. –Nunca las cosas son como antes, si fuera así no estaría acá, yo quiero que siempre las cosas sean distintas. Ah, si querés, decile a Martínez, que yo no recibo órdenes. –Ya sabe, no te preocupes. A los dos días me llamó Martínez y me citó en la bailanta. No acepté y lo obligué a venir a reunirse a la Villa, y solo. Lo recibí en la ofi cina y lo invité a sentarse. Estaba incómodo, era un hombre acostumbrado al poder y no soportaba perder la posición dominante. En ese momento yo la tenía. –Tranquilo, Martínez, no te va a pasar nada, estás en el lugar más seguro de la ciudad. –Tenés todo muy bonito, no me imaginaba que tu sede fuera así. –Soy un tipo ordenado. Bueno, te escucho. –No quiero repetir las palabras del intendente, pero necesitamos que haya robos en los partidos vecinos. –Mandá a tu gente. –¿Para qué? los tuyos los van reventar. –Si son más vivos, capaz que zafan. –Es una posibilidad, pero muy riesgosa para mí gusto. Supongo que tendrás alguna propuesta en la cabeza. –Si tuviera alguna te habría llamado, y fuiste vos el que llamó. –Tengo quinientas lucas. –Yo también. –Quinientos mil para movilizar un poco nomás los afanos en los partidos vecinos. –¿Me estás tomando el pelo? –Me parece justo. –Si necesitara plata te habrías enterado. La verdad es que supuse que al menos vos entenderías mis objetivos. –En un momento llegué a pensar que lo tuyo era una cruzada por el bienestar general, pero no creo que sea eso. –Vendo un servicio barato y efi caz. ¿Qué más querés? –Que te “bajes del caballo” Estás donde estás porque nos convenía y nos hicimos los ciegos, pero te podemos bajar de un plumazo. –Si te parece tan fácil, hacelo, pero te vas a tener que poner de acuerdo con siete intendentes que quizás no quieran al tuyo de gobernador. –Por suerte no entendés mucho de política. No tengo idea de porqué me caes bien, incluso cuando sos un problema. –Vos me seguís cayendo mal desde siempre. Pero, como ya aclaramos, son negocios. –¿Qué querés? Algo debés querer. –Estoy bien, gracias, Martínez. Quiero que te quede claro que no hay vuelta atrás, no insistas con afanar en los otros partidos, porque no va a pasar. –Estás en problemas, Joaquín. –Hace más de cinco años que elegí estar en problemas, no te preocupes por mí. Desde ya que no quiero una guerra, supongo que van a entender que la seguridad es un bien que no merece desperdiciarse. –¡Te volviste loco! Me voy triste, Joaquín, pensé que íbamos a arreglar las cosas. –El desarreglo es de tu parte, yo no tengo nada que ver. Cuando se fue Martínez y quedé solo, sentí que la cosa se iba a poner fea. Si no pensaba rápido iba a correr muchos riesgos, y estaba cansado. 

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XXII

–La mano viene pesada, muchachos. No es culpa nuestra, pero los políticos quieren bajarnos. Las caras de mis muchachos no expresaban preocupación, entonces me preocupé. Había algo en cada uno de ellos que denotaba soberbia e impunidad, creían estar a salvo de todo, pero no era así. –Muchachos, los veo muy calmados y me preocupa. Anden con mucho cuidado y guarden en lugares seguros toda la plata que tengan. Les diría que compren dólares o euros y los escondan bien. Si esto explota va a ser jodido. No dejen el caño ni para coger, ténganlo bien cargado y estén atentos. –¿Qué problema va a haber, Joaquín? ¿Martínez? No te preocupes, el quía sabe que no le conviene meterse con nosotros. –El quía, como vos decís, Pepo, hace treinta años que maneja las cosas, así que no es para confi arse. –Pero si todo marcha bien, jefe, y siempre estamos atentos. –Los quiero más atentos, quiero que controlen mucho a sus muchachos, no puede haber errores. Ese sábado la reunión fue muy larga, terminamos a las diez de la noche medio borrachos. Al salir de la villa, me sentí solo. No tenía a quien pedir consejo ni ayuda. Una cosa llevó siempre a la otra, en este caso, las “otras” posibles no eran agradables. Traté de dormir pero no pude, tampoco podía pensar. Miré tele un rato pero no podía prestar atención, mi ansiedad estaba en el límite. Llamé a Jiménez. –Perdoná la hora, subco, quería avisarte que cualquier cosa que hagas, va a ser un error. –¿De qué hablás, Joaquín? Pensaba dormir y eso no es un error. –¡No me canchereés!, vos y yo sabemos que la mano viene pesada, estoy esperando el primer aviso de Martínez, en cuanto se haga el “pistola” me voy a enojar. –No sé qué pensás que soy, pero no tengo idea de qué me hablás. –Yo te quería avisar nomás, si esto se pone denso, no vas a quedar inmune. –¿Te parece, amenazarme a esta hora? Mirá, Joaquín, si me entero de algo vas a ser el primero en saberlo. ¿Te quedás tranquilo? –No, pero espero que sea así. Corté sin saludar, eran las tres de la mañana. Salí a dar una vuelta en el auto, la ciudad estaba silenciosa, miraba las puertas con los stickers y pensaba que quizás ni estuvieran cerradas con llave. Di una vuelta a la plaza, algunos muchachos y chicas tomaban cervezas cerca del Bingo, siempre abierto y generando más plata que cualquier otro negocio. ¿Sería de Martínez? Todos aseguraban que no, pero yo tenía mis dudas. Estacioné en la parada de taxis y entré atravesando las dos puertas de vidrio. El lugar era horrible y surcado de máquinas tragamonedas con señoras desveladas que apretaban botones en busca de calmar ansiedades. Varias chicas con polleras cortas y blazer bordó recorrían el lugar abasteciendo de monedas y bebidas. Pasé al salón de juego donde los señores, vergonzosos de que los vieran con las maquinitas tragamonedas, apostaban a caballos de juguete o ruletas virtuales. Subí la escalera y me adentré en el mundo de humo del bingo propiamente dicho. Más de cien personas escuchaban atentas al locutor que cantaba los números que quizás salvarían su semana, su mes o su año de infortunios fi nancieros. Salí rápido de allí y subí a mi auto. Volví a casa y me dormí. A las ocho de la mañana sonó el timbre, del otro lado de la puerta me esperaba Julián con los ojos desorbitados. –¡Lo hicieron cagar a Pepo, anoche, en el boliche! –¿Quién? –Un chabón del barrio, lo tengo encerrado, pero no me dice quién lo mandó. –Ya sabemos quién. Esperá, me visto y vamos. Entramos a la villa a las nueve, muchos iban camino al culto evangélico, pero estaba bastante silenciosa. Roque y Juaco rodeaban al agresor que ya tenía la cara destruida. Pichu estaba en la morgue tratando de sacar el cuerpo de Pepo. –¿Dijo algo? –Nada, Joaquín, ¡y mirá que le pegamos! –Es simple, si habla lo matan y si no habla, lo matamos. ¿Ustedes qué harían? –Yo le metería un tiro ahora– Dijo Roque con lágrimas en los ojos– ¡Este hijo de puta lo mató a Pepo, mi amigo, entendés Joaquín! –Entiendo, no te preocupes, dentro de un rato te lo entrego para que hagas lo que quieras. Arrimé una silla y me senté en frente del asesino. Lo miré fi jo durante diez minutos. –¿Sabés que sos boleta? –Más vale, no soy bobo. –Si me contás cuánto te pagaron, tal vez zafes. –Cinco lucas, en efectivo. –Vamos bien, ¿Quién? –No sé, loco, vino un tipo que no conocía y me dio el sobre y el chumbo. –¿No pensabas que matar a uno de mis socios era muy peligroso? –No sabía que era Pepo, pensé que era cualquiera que se había mandado un moco. –¡Ahí la cagaste!, venías bien, pero la cagaste porque yo sé que sabías. ¿Vos no laburabas con Martín? –Sí, pero me echó hace unos días. –¿Por qué te animaste? –Por lo que se dice, que todos ustedes van a ser boleta, dentro de poco. –¿Quién dice eso? –En todos lados, en la calle. –¿Y vos qué crees? –Yo no sé, pero si se va a cortar el chorro, hay que buscar por otro lado. –En eso tenés razón, hay que buscar por otro lado. Es una lástima que me dijeras tan poco, ahora te vas a tener que arreglar con Roque. Lo dejamos sólo con Roque, a los tres minutos se escuchó un disparo, después otro y otro. No quisimos entrar y nos metimos en el bar a tomar unas cervezas. Cholito trataba de alegrarnos la mañana con chistes malos, pero sólo consiguió que lo mandáramos a la mierda varias veces. –¿En qué anda Martín, Julián? –Hace unos días que no lo veo, el jueves trajo la plata y se fue, viste que está medio ofendido desde que no lo invitamos más a las reuniones de los sábados. –Quiero que lo sigan sin que se de cuenta. Yo ahora me voy al centro, avisame en cuanto tengan el cuerpo de Pepo. Y cuídense, ya vieron que ayer no hablé al pedo.

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Epílogo

Supongo que me sentía muy solo, por eso marqué el teléfono de mi ex–mujer después de más de dos años. Le dije que estaba cansado y que no veía la salida, me invitó a almorzar. Conversamos todo el día, había mucho para contar, estaba linda, y contenta de verme. Me gustó su departamento “feng shui”, con sus plantas y fuentes de agua, me sentí cómodo y tranquilo. Por varias horas no pensé en el trabajo, afuera todo estaba absolutamente mal, pero dentro de esas paredes reinaba una paz que no tenía ganas de abandonar. Y no lo hice. Las horas pasaron y llegó la noche, fuimos al cine y a comer, volvimos y seguimos conversando hasta que las palabras dieron lugar a los besos y los besos nos llevaron a la cama. El lunes me desperté cerca del mediodía y solo; encendí mi celular. A las diez habían entregado el cuerpo de Pepo, estaba en la funeraria y el velatorio sería a las seis. No tenía ganas de salir del departamento, pero salí y volví a la villa, a mi ofi cina, junto a mis muchachos. Julián quería actuar rápido, darle un golpe a Martínez en algún lado, en realidad quería matarlo, cosa que no iba a ser fácil teniendo en cuenta que el tipo debía estar protegido por todos los costados. Jiménez no me contestaba las llamadas y decidí borrarlo de mis amistades. No podía pensar, estaba totalmente bloqueado. Le pedí a Julián que planeara el contraataque, mas sus ideas no eran potables. De pronto me acordé del Bingo y le comenté a Julián la idea de asaltarlo. Primero se rió, pero después se entusiasmó, considerando que nunca le vendimos el sticker de seguridad. En un rato armamos la movida: Después del funeral de Pepo cruzaríamos la plaza y robaríamos lo que pudiéramos, la plata no importaba mucho, el tema era dejar algunos ojos morados, sembrar pánico entre los clientes y romper varias maquinitas. A las diez de la noche de ese lunes salimos del velorio, yo iba adelante, detrás Julián, Juaco, Pichu y Roque. Afuera del bingo nos esperarían tres autos en marcha. Fue muy rápido, entramos encapuchados y tirando tiros al techo. Saqueamos las cajas de abajo y a los empleados de arriba. Rompimos a balazos el panel de los números del Bingo, diez máquinas tragamonedas, todas las máquinas de ruletas electrónica y las cámaras de seguridad. Por las dudas, cagamos a trompadas a cinco empleados, dos que parecían gerentes y a un cliente que quiso hacerse el héroe. Tres minutos después estábamos camino a la Villa. El botín no fue gran cosa, pero tampoco despreciable. Jiménez me llamaba sin pausa y yo cortaba. Al fi nal accedí. –¡Vos, Jiménez, sos un sorete de mierda, traidor de cuarta, hijo de una gran puta, cagador! –¡Pará, Joaquín!, ¿De qué me hablás? –Me dijiste que me ibas a avisar. Y dejaste que lo mataran a Pepo. –Yo no sabía nada, te juro, ¿Te pensás que me consultan las movidas? Te llamo por lo del Bingo. –¿Qué pasó en el Bingo? –Tu gente lo afanó, están los canales de Televisión, la Federal, el Intendente, todo el mundo. Les diste lo que necesitaban. Te van a caer con artillería pesada. –Mi gente no afana. –Te aviso que en cualquier momento me mandan a buscarte. –¿Tiemblo ahora, o después?– y corté. Dividimos la plata en partes iguales y cada uno se fue a su casa. Nadie vino a buscarnos. Al día siguiente temprano fue el entierro, no éramos muchos. Todo estaba extrañamente tranquilo. Agarré toda mi plata y crucé a Uruguay en avioneta. Alquilé un auto y llegué a Montevideo, donde guardé todo en tres cajas de seguridad. Volví como había ido. Llamé a Julián y a los muchachos, la reunión iba a ser en casa. –Muchachos, esto está tranquilo, pero va a explotar en breve. Pongan la plata en lugares seguros y les recomendaría que se vayan lo más lejos posible por unos días. –¿Y vos, Joaquín? –Yo también me voy, no se todavía adonde, pero voy a desaparecer. No es por cagazo, es que estoy cansado. –¿Y el negocio? –Hay dos opciones: dejarlo como está y que se desarme poco a poco; o que alguno de ustedes se haga cargo hasta que yo vuelva. –Ni ahí, Joaquín, si vos te vas esto se va a la mierda. ¿Cuándo volvés? –En un tiempo, supongo, tengo algunos planes en la cabeza, pero hay que entender los mensajes. Que no nos hayan devuelto el golpe del bingo, es que les conviene que no se sepa nada. Pero el golpe va a llegar, si no nos vamos por las buenas va a ser peor. –¿Y los muchachos? Van a quedar en la lona. –De allí vienen. Igual no se preocupen tanto. Les repito, si se animan a seguir un tiempo sin mí, me parecería muy bueno, pero no puedo exigirles nada. Incluso es mi deber decirles que les conviene volar lo más lejos posible. Le di la mano a uno por uno, estaban desconcertados y no tuvieron poder de reacción. Fue una buena despedida. Me fui al centro y pasé la noche con mi ex. Al poco tiempo me instalé con ella, yo salía poco y me pasaba el día escribiendo. Un mes después me llamó Julián desde Mendoza, estaba por abrir un restaurante; no pensaba volver ni sabía nada de los otros. Estaba esperando su segundo hijo con la China. Jiménez nunca llamó, Martínez tampoco. Creo que se quedaron esperando algo de mí que yo no quise darles. A tres meses de mi renuncia, a mi mujer le surgió un trabajo en Nueva York y no dudó en aceptarlo. Me vine con ella, hace dos años ya, quizás un poco más. Yo escribo, mucho, sin parar, he publicado algunas cosas, pero me da un poco de vergüenza. No pensaba escribir esta historia, no me importaba, ni siquiera leo las noticias de mi país. Hace unos días me llegó un email de Pichu, me contó que el intendente va a ser gobernador y que no se puede salir a la calle sin que te afanen. A Jiménez lo “bajaron” de manera extraña, dice Pichu que no quiso declarar en mi contra; si fue así, me alegro. No nombró a los otros muchachos y eso signifi ca que siguen vivos. Yo combatí la delincuencia sin apoyo político, ni espiritual, ni afectivo, ni con la intención de hacerlo. Ni siquiera con demasiada inteligencia, sólo con sentido común y mucha energía. Pero, una cosa lleva a la otra, y quizás mi función en este mundo no sea social. En este momento creo que es escribir y ocuparme de mi hija. Ya veré más adelante, A veces, siento que necesito un poco de acción. Cruz J. Saubidet® Nueva York, marzo 20 de 2008.  

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